Turismo - Patrimonio Histórico
La ocupación humana del territorio falcesino se ha determinado mediante la catalogación de algunos restos y yacimientos que van del Neolítico, a la dominación romana, según parece, uno o dos siglos antes del nacimiento de Cristo. Todos ellos fueron relacionados sobre 1992 por el arqueólogo D. Javier Armendáriz Martija y D. José María Sanz Suescun para su entrega al archivo del Museo de Navarra. Hasta la fecha, ninguno de ellos se ha estudiado oficialmente.
Previo a este trabajo, a las órdenes de la falcesina Dña. María Ángeles Mezquíriz Irujo, Directora del Museo de Navarra y experta arqueóloga, el departamento de arqueología del Gobierno de Navarra había investigado los asentamientos romanos de San Esteban y los Villares, de los cuales, el departamento sólo ha publicado lo relativo al primero. Del segundo, extraoficialmente se ocupa el Sr. Sanz en su próxima obra Historia de la Muy Noble y Muy Leal Villa de Falces y del Viejo Reino.
Yacimiento de San Esteban
La localización y acceso a la villa romana de San Esteban es fácil y cómoda. Se encuentra a pie de carretera, al final de la cuesta que arranca de la salida del pueblo en dirección a Lerín. Su nombre se debe al hecho de que apareciera debajo de una antigua ermita del mismo nombre.
Aunque parece que ya se conocía su existencia a comienzos del siglo XX, nadie se interesó por ella hasta 1955, si bien habría de pasar una década larga antes de que el departamento de arqueología de la Diputación Provincial de Navarra se ocupase de estudiarla.
Su emplazamiento es típico de la época: una terraza elevada con bellísimas vistas al suave y fértil valle del Arga, y cerca de otro yacimiento ibérico del siglo I ó el II a.C. que todavía no se ha investigado.
Tras varias campañas de excavación se determinó que se trataba de una villae rusticae semejante a la de Liédena hasta en sus menores detalles. Algo así como si hubieran sido construidas con el mismo proyecto o por la misma persona. La investigación del emplazamiento puso al descubierto que se trataba de un explotación del siglo I ó el II sobre cuyas ruinas se construyó otra en el IV.
Del primer asentamiento se descubrieron algunos muros y los sillares de las columnas de un atrio cuadrado. Pegado al muro de contención se halla una serie de habitaciones regulares con pavimento de lajas de piedra y puertas a un corredor de ventilación. Al fondo del mismo existe un magnífico lagar de vino, la pisadera y la sala de fermentación. La parte noble o residencial desapareció en el siglo XIX con la construcción de la carretera, pero se sabe de su existencia por la aparición de algunas tégulas y un magnífico pavimento de canto rodado.
Entre los artilugios encontrado destacan varias dolias, diversas vasijas de sigillata hispánica, un cazo de bronce, un fragmento de hoz, una pala, un trozo de tubería de hierro, apliques de bronce, algunas monedas y abundantes fragmentos cerámicos.
Casi todo del siglo IV.
Yacimiento de los Villares
La localización del emplazamiento de los Villares es algo más complicada por encontrarse en mitad del regadío, a donde se llega siguiendo el camino que comienza entre los talleres del otro lado del puente.
Para visitarlo, convienen poner a “0” el cuentakilómetros del coche nada más dejar la carretera, y seguir el trazado principal de la referida vereda desechando las bifurcaciones hasta que, una vez concluido el tramo que discurre parejo al río, tomar el segundo camino a la derecha junto al estrechamiento que provoca una puentilla. En ese momento se habrá recorrido 2’4 kilómetros. Por este camino secundario, y después de sobrepasar una vaquería por la izquierda y un viñedo por la derecha, aparece un estrechamiento que corresponde al final del camino y al lugar donde se encuentra el yacimiento. En este punto el marcador del coche indicará que se han recorrido 3’8 kilómetros.

El descubrimiento de esta villa es mucho más reciente, si bien es cierto que, como en San Esteban, para esta fechas el vecindario se había llevado los pilares y la mayoría de las piedras susceptibles de ser empleadas en otras edificaciones.
Se trata de una explotación agrícola de dimensiones considerables, que contaba con alojamientos cuyos estucados se han perdido con la humedad; dos lagares de vino con sus correspondientes pisaderas; dos pequeños lagares de aceite; dos contrapesos de sendas prensas; y canalizaciones para el agua o los vertidos. Algunos tramos aparecen pavimentados con lajas de piedra o canto rodado y argamasa. Los pies de columnas y un capitel que conserva el Museo de Navarra apuntan a que también contaba con un atrio.
La aparición de un trozo de hierro de cierta consideración, escorias, y lo que parecen restos de carbón de coque sugiere la existencia de una fundición tendente a logra la autosuficiencia.
Fue parcialmente investigada por María Ángeles Mezquíriz algo después que la de San Esteban, sin que hasta la fecha haya publicado sus conclusiones. Por lo tanto, oficialmente se desconoce su extensión, distribución de las instalaciones, actividades desarrolladas, objetos encontrados y cuanto pudiera interesar a los interesados en estas cuestiones. No obstante, un cartel explicativo reza que se trata de un emplazamiento contemporáneo del de San Esteban (S. II al IV).